Nunca he querido hablar de este tema, pues habiéndolo sufrido en la persona de mi esposa puedo asegurar que es muy doloroso. Pero como quiera que es inevitable que hechos como estos acaben en los periódicos, hoy voy a dedicar esta columna a mostrar la incoherencia de un convenio cuya finalidad, supuestamente, es evitar abusos para los menores, pero que en realidad solo sirve como base jurídica para venganzas personales entre adultos.
Hablo de la famosa convención de la Haya para casos de rapto infantil.
El pasado verano los hijos de mi esposa vinieron a pasar sus vacaciones con nosotros, algo habitual durante los últimos 3 años. Tras pasar cuatro semanas juntos, dos de ellas en España, los chavales expresaron su deseo de no volver a USA para el curso escolar y permanecer con nosotros. Nunca dijeron no querer volver a ver a su padre, sino que preferían estar con nosotros durante el curso escolar y pasar las vacaciones con el. Sus razonamientos fueron muy claros. Por motivos de trabajo el padre de las criaturas les deja al cuidado de nodrizas, a veces por periodos muy largos, de varias semanas. Así mismo, debido a que el Sr. Quiere rehacer su vida con otra pareja, las nodrizas se hacen cargo de ellos incluso durante los fines de semana, con lo que no tienen ningún tipo de experiencia familiar, o muy poca.
Una vez nos comunicaron esos hechos, mi esposa procedió a hacérselo saber a su ex marido. La reacción de este fue muy variopinta. Por una parte se negó acusando a mi mujer de manipulación, nada mas lejos de la realidad, y por la otra dijo a sus hijos que se lo estaba pensando, que la idea era factible. Acto seguido corto toda comunicación con Europa.
Se acerco la fecha en la que los arios debieron de viajar a América y fue entonces cuando se produjeron los atentados frustrados contra aeronaves del pasado verano. El padre de las criaturas contacto con nosotros para intentar con la finalidad de que bien mi esposa o bien el viajaran en el mismo avión de los críos, porque entendía que en esas circunstancias los niños no quisieran viajar solos. Durante esos contactos hablo con sus hijos y estos una vez mas le expresaron su deseo de permanecer en Europa. Una vez mas afirmo que se lo estaba pensando, cuando en realidad estaba haciendo oídos sordos a las demandas de sus hijos. Por su parte mi esposa le dijo que ella no iba a forzar a los niños a viajar si ellos no querían, pero le invitaba a venir a recogerlos, algo que el rechazo.
Tres días mas tarde la policía se presento en casa y retiro los pasaportes de los críos y de mi mujer. No hubo posibilidad de contactar con la otra parte, y los tramites judiciales se pusieron en marcha.
3 semanas mas tarde y con 3 mil libras menos en la cuenta corriente la corte suprema británica ordenaba que los niños fuera devueltos a su padre, aunque establecía claramente que no había habido manipulación por parte de la madre y que la preferencia de estos era quedarse con nosotros. En resumen, aplicación implacable de la famosa convención, sin tener en cuenta a los directamente afectados.
Yo fui testigo del amargo episodio de la entrega de los niños. Era una noche de Octubre, en terreno neutral. Los críos le dijeron a su padre que no querían ir. Se negaron en rotundo. Lloraron, patalearon, hasta en un rincón apartado del hotel se oyeron un par de bofetadas y mas llanto. Pero nosotros, no podíamos hacer nada. Solo asistir impotentes al abuso de un padre sobre sus hijos, con la complicidad de una ley donde paradójicamente se recogen los “derechos de los progenitores” pero se omiten los derechos que mas interesan, los derechos de los hijos para elegir su lugar de residencia.
Algo desde entonces quedo muy claro para mi. Ley y justicia no son lo mismo, y lo que la ley refrenda en muchos casos puede ser el mayor ataque al sentido común y a la Justicia con mayúsculas.
Un saludo

Escribe un comentario
Los comentarios están cerrados